viernes, 11 de noviembre de 2011

Puntos muertos y cruce de miradas



La vida es un contínuo sin sentido de ir de aquí para allá. Luces rojas en los semáforos que se tornan a verde para alivio de los ajetreados viandantes. En la ciudad no tienes identidad.. Nadie tiene tiempo para observar, conocer, poner entorno a los peatones.
Me agobia el cruce de miradas, la doble dirección de las palabras, me produce vértigo el punto muerto y hasta me enervan los que no tienen dudas. Parada junto a la ciudad, mientras el mundo gira. Por favor, no te vallas, no puedo seguirte
Todo está tan vacío, todo es tan falso, todos están tan difusos que vivimos con la obsesión de no no ser nadie, de ser alguien, ¿pero qué es ser alguien? ¿alguien para qué o para quién? ¿alguien para cuanto tiempo?
¿Puedes ver el terror en sus caras? Gastan su vida en suspiros tratando de tener algo, pero todo pende de un hilo, tan fino que a veces nos creemos que es lo suficiente grueso como para soportar nuestro peso.
Mira esas fotografías, de esos momentos que tanto amé. Recuerdos con los que crecí que si no son por ellas se desvanecen, y cada una es como una puerta trasera que te hacen decir adiós al pasado.
Puede existir tanto movimiento a tu alrededor que llegas a un punto en el que por inercia no haces nada. Tratas de hacerlo bien, conseguir todo lo que esperan que tengas... El cielo está cansado ya de ver la lluvia caer. Te bloqueas y no haces nada, nada de lo que deberías.
Sin embargo, este ajetreo consigue que conozcas a muchas personas. Personas como tú y como yo que tienen su historia, que en ese momento puedes entender, no compartir y así ponemos betas a nuestro alrededor para limitar quiénes pueden ver tú muro y quiénes pueden llegar a saltarlo, porque los muros no mantienen a los demás fuera, te mantienen dentro, te dan seguridad a la vez que miedo.
Para mí no hay mayor satisfacción que la de poder ver el muro de alguien y que poco a poco te permita llevar a cabo esa ardúa tarea que consiste en escalarlo, no para que te quedes dentro, sino para que entres, salgas y pueda entrar también en el tuyo, darte un poco de luz.
Es curioso, hay personas que proclaman a los cuatro vientos que alguien ha conseguido trepar por su pared, sin embargo, hay otras que odian exteriorizarlo, demasiado sentimentalismo. Personalmente soy de las segundas pero para qué negarlo, hay pequeños desastres animales que se lo merecen.
¿Cuántas veces fui cobarde creyendo ser valiente? ¿cuántas veces vi ese muro tan largo que pensé que nunca llegaría? ¿cuántas veces miré hacia abajo y me dio tanto vértigo la caída que me paralizó? Perdimos estabilidad, no sabemos de qué lado vamos a quedar parados con la libertad apretada entre los dientes, pero ahora súbete al tejado y cuenta, cuéntame lo que quieras, dime como ves mi cara desde tus ojos desquiciados.
Si te paras a pensar, nuestros muros son todo lo que somos. Nuestro sistema de seguridad, cada ladrillo colocado de una manera determinada son trozos de nuestra personalidad. Si supieras cuántas veces he sentido tanto miedo al ver que me gusta demasiado el muro que ahora estoy escalando que te quedarías paralizado como yo, siendo el tonto de todos, pidiendo que te devolviera tu punto de vista.
A veces te limitas para hacerlo todo impersonal, como estoy haciendo yo ahora, pero hay una cosa que ya no puedo callar: ESTOY MUY ORGULLOSA DE HABER ELEGIDO Y CONSEGUIDO ESE SISTEMA DE SEGURIDAD EXTERIOR AL MIO QUE POCO A POCO VOY CONOCIENDO. Existieron posibilidades de conocer otros, existieron momentos de abandono, de pensar que no me pertenece, que no sirve de nada escalarlo. Había miles más simples.
Simpleza, algo que todo el mundo quiere y más siendo una joven mente inquieta pero elegí el más difícil y aunque es el que más quebraderos de cabeza me ha proporcionado, en el que más lento avanzo y más me tengo que esforzar, es el que más me gratifica, el que más me gusta y del que más aprendo, mantiene mi espíritu vivo. Sé que algún día todo esto se desvanecerá, pero siempre quedarán pequeñas piedrecitas y señales de haber estado ahí en mi muro y en el que me recibe.
Podría hablar más de ese muro, pero al ser tan difícil descubrir las cosas las hago tan mías que sólo puedo decir: “Quédate conmigo, siempre fui una patosa” (: