viernes, 15 de abril de 2011

E ele ele a



A contraluz, sus manos parecían más elegantes de lo que eran. Esbeltos dedos rozando el marfil de las teclas de aquel viejo y dichoso piano. Con el pelo recogido, su pequeño rostro se veía mejor, pudiendo así observar cómo cada nota nacía de su interior. Ojos grandes y negros fijados en ninguna realidad presente, postura erguida y sólo un fino camisón rojo cubría su blanco cuerpo. No sé si fue la música o su sonrisa pero en ese momento, me enamoré de ella.

Notas fluyendo por mi mente que me daban el silencio que necesitaba. Tanto tiempo escuchando ese ruido no era bueno. Ahora el tiempo no contaba, podría haberme pasado las horas viéndola tocar ese maldito piano, sin embargo, preferí acercarme a su cuello y besarlo. Su piel era suave, su respiración se aceleró y el vello se erizó dando la bienvenida a nuevas sensaciones, pero no quería que dejara de acariciar esas teclas.

Sabía perfectamente que jamás debí dejarle renunciar a ello. La música es vida pero el amor no entiende y los genios están locos.

Piano, guitarra eléctrica, ¿qué polos opuestos estaban en contacto, no es así? Podían derretirse y ambos lo sabíamos, pero la música es otro lenguaje, algo tan tuyo, que cuando otra persona acepta la tuya, hace que se cree un lazo que nadie entenderá, probablemente ni la otra parte pero para tí, esas canciones, esos acordes tendrán una visión, un sabor diferente.

No sé si fue el piano o fue su sonrisa, pero acabábamos perdiendo la cabeza.